lunes, 12 de mayo de 2008

Discriminación Laboral y VIH/SIDA

AGENCIA RENA

DISCRIMINACIÓN LABORAL Y VIH/SIDA

Entrevista con el Lic. Sebastián Vázquez Montoto, Psicólogo, Presidente de AXV y Coordinador Psicológico de RED20, Programa asistencial para pacientes con vih/sida.


A.R.: ¿Los empleadores argentinos del sector privado y público siguen discriminando a los portadores de HIV? ¿Se exigen análisis y ante un resultado positivo se niega el puesto?

Si bien no hay pruebas fehacientes de que las empresas discriminen a las personas que viven con vih, la experiencia cotidiana con los pacientes lo confirma. La mayoría de las personas que viven con vih han sido expulsados o bien no admitidos en los ámbitos laborales cuando se revela su condición de vih positivo. Las empresas suelen exigir en los exámenes prelaborales la prueba de vih, con o sin el correspondiente consentimiento informado de la persona. Debo aclarar, en este punto, que ninguna empresa u organismo tiene el derecho de exigir el test de vih a un postulante o empleado. Lo cierto es que, la prueba puede realizarse de todos modos por fuera del conocimiento de la persona, con una simple extracción de sangre. Por esto, podemos sospechar la existencia de una discriminación encubierta, ya que en muchos casos sucede que una persona que cumple con todos los requisitos exigidos por el empleador para ingresar a trabajar, después del examen prelaboral el perfil ya no sea el ideal y sea dejado de lado. A su vez, conocemos situaciones en las que empleados de años declaran en el trabajo su condición de vih positivos, al poco tiempo son echados por reducción de personal, reestructuración u otro pretexto. Esto debe ser leído como un verdadero acto de discriminación.
Cabe señalar, que algunas pocas empresas estan tomando cartas en el asunto, admitiendo en sus staff personas que viven con vih/sida, haciendo hincapié en sus capacidades laborales, como debería suceder en todos los casos.

A.R.: ¿Es verdad que los portadores o enfermos son los más discriminados del mercado laboral?

No existen estadísticas a nivel nacional que hablen específicamente de esto. Pero, según algunos registros, las personas que viene con vih/sida están dentro de las más discriminadas, no solo en el ámbito laboral. Según mi experiencia en contacto cotidiano con personas que viven con vih/sida, la gran mayoría ha quedado fuera del ámbito laboral, al menos en relación de dependencia y sobreviven con "changas" o trabajos independientes temporarios que se alejan de su preparación laboral y/o profesional.
La realidad es que la discriminación es fruto de la ignorancia. Las empresas y empleadores desconocen sus derechos frente a una persona con vih/sida y es importante que puedan acceder a la información correspondiente. Además, existe el miedo basado en la posibilidad de contagiarse o en lo que se relaciona con el marco legal. Lo cierto es que un empleador puede contratar para su empresa a una persona de viven con vih y también despedirla, si su desempeño laboral no es el adecuado. Hay que alejar el fantasma de que a una persona en esta condición "no se la puede tocar". Ahora bien, siempre que los motivos no sean su condición de vih positivo.

A.R.: ¿Saben ustedes cómo impacta en términos numéricos la enfermedad en el mercado laboral argentino?

Desde AXV recibimos a diario casos de personas que viven con vih que relatan situaciones de discriminación laboral casi idénticas y nos consultan por asesoramiento, especialmente discriminación cuando buscan empleos y dentro del mismo ámbito laboral.
Además, recibimos registros de otras organizaciones de se dedican específicamente a recibir denuncias por discriminación y hasta del mismo INADI que señala que el 90% de las denuncias que recibe por parte de personas con vih son por discriminación laboral.
Es necesario que las empresas y empleadores tomen conciencia de esta realidad, se informen y no tengan miedo... es la única manera de erradicar la discriminación laboral. Hay que dejar de lado prejuicios que lo único que hacen es alejarnos de la realidad...

Adolescencia Violenta: Palabras van, Piñas vienen...

VIOLENCIA EN LA ESCUELA: UN MODELO QUE SE REPITE... ¿HASTA CUÁNDO?

Adolescencia Violenta
Palabras van, Piñas vienen...

En los últimos días nos vienen sorprendiendo noticias acerca de episodios de violencia, que se suceden sin darnos tregua, y que tienen como proptagonistas a adolescentes y jóvenes. Esto nos provoca sentimientos que asocian bronca, miedo e impontencia por un lado y angustia, pena e incertidumbre, por otro, ya que son los adolescentes y jóvenes los que nos muestran con la crudeza más elocuente, lo que nos pasa a toda una sociedad, y eso nos desorganiza.
Lamentablemente, estamos acostumbrados a la violencia emarcada en ciertos ámbitos específico, que no la justifican, pero la violecia en la escuela, entre compañeros, entre amigos, parece ser demasiado, ¿no?

Cuando encontramos niños, adolescentes y jóvenes violentos tendemos, primeramente, a pensar las causas que los han llevado a adoptar un comportamiento violento.
Así, inferimos que pueden tratase de hijos de padres que los descuidaron o abandonaron, golpeadores, abusadores y violentos, y por ende llegar a la no muy original conclusión que "la violencia engendra violencia"... Lo cierto es que, hoy por hoy, la violencia parece no discriminar por clase social y aparece como "la alternativa" de descarga de una insatisfacción profunda que venimos arrastrando como sociedad.
Por momentos pareciera que todo lo que nos rodea se nos presenta como algo particular, individual y además lejano y hasta ajeno, sin sentirnos protagonistas responsables y capaces. Esto representa el triunfo de este modelo violento: la fragmentación social y cultural que nos impide ver la totalidad en la particularidad.
Tenemos que hacer un esfuerzo para superar “lo aparente” y hacer un análisis que vaya un poco más allá de lo que vemos, dándonos cuenta que la violencia es un emergente social que encierra mucho más que la sumatoria de todos los hechos violentos que vemos y escuchamos todos los días, y por ende contiene causas estructurales mucho más profundas.

Es importante detenernos a reflexionar acerca de que la opción violenta –por así decirlo- no aparece ‘porque si’ en la vida de un niño o de un adolescente, ni se transmite genéticamente. Las estadísticas nos han demostrado -casi sin excepción- que a éstas manifestaciones las antecede una vida tan corta como plagada de abandonos, maltratos y carencias. Por lo general -y no necesariamente- existe una realidad familiar marcada por la pobreza y la marginalidad, pero por sobre todas las cosas, por una falta absoluta de espacios sociales de inclusión, es decir, instituciones que brinden una real “contención”.

En el mundo que nos toca vivir, parece existir una “baja tolerancia frente a la diferencia”, y se va perdiendo progresivamente la dimensión del otro.
No hay límites, ni limitaciones y se dificulta vivenciar la “empatía”, en el más profundo sentido de la palabra: “sentir con el otro, como el otro y desde el otro”.
Como todo es “inmediato”, resulta también conflictivo -y hasta violento- tener que esperar, ser paciente.
La “ley del menor esfuerzo” y del “no te metás”, producto de una sociedad marcadamente individualista, engendran con cierta sutileza, violencia, al igual que la impotencia, que es producto de la ignorancia y genera exclusión, que a su vez despierta sentimientos violentos y explotan en auto-agresiones y agresiones hacia los demás. Si la violencia se nos torna cotidiana, como moneda corriente e integrada a nuestras reacciones más frecuentes, es indefectible que la misma cale en lo profundo de nuestro ser, produciendo que muchas veces la relación con el otro sea a través de la violencia.

La violencia se va transformando en un “medio de comunicación”, en una forma de manifestar la intolerancia frente a las diferencias.
Si el otro no piensa como yo, lo ignoro, eso es violencia. Y si el otro no comparte mis ideales, valores, o creencias y entramos en una confrontación, le “pego una trompada” y listo, solucionado el litigio, ya no hay más diferencias.
El otro reconocido como diferente es causa de incomodidad, irritación y por ende de pérdida del propio ser y esto genera una necesidad de que este otro no exista o deje de existir, ejerciendo el poder.
La violencia es ir más allá del poder sobre el otro, abusar del poder y garantizar mi existencia con la definitiva inocuidad del otro.

La violencia física, integrada a nuestro funcionamiento cotidiano ha ido desplazando a las palabras como forma comunicación exclusiva del hombre.
Nuestra comunicación es cada vez más animal (sin caer en estrictas comparaciones con este maravilloso reino), ignorando nuestra capacidad de acordar, consensuar o diferir través del diálogo, de la palabra, que como tantas otras cosas en nuestro país, ha sido también devaluada.

Algunos términos como "criminalidad adolescente”, “chicos de las calles” y “violencia escolar" tan difundidos últimamente por los medios de comunicación, no son verdaderos índices de violencia social, sino un mero síntoma del agotamiento de las instituciones que históricamente deben acompañar el crecimiento y la formación de nuestros niños y adolescentes, como la familia, la escuela, la comunidad, el Estado y el trabajo.

Hay un defasaje entre los discursos que enuncian lo que un niño, un adolescente o un jóven “debe ser” y lo real, lo que hoy por hoy pueden o los dejan ser, ya que no se les da la posibilidad de efectivizarlo. Esta frustración ante la impotencia que genera no alcanzar lo anhelado –más aún cuando esto ocurre en el orden del ser- es un componente muy importante que forma parte de la violencia simbólica.

En las actuales condiciones de crisis social y cultural que atraviesa nuestro país, el conflicto que representa el pasaje de la niñez a la adolescencia y el carácter crítico de la juventud se acentúan. Más aún, en el caso de aquellos niños, adolescentes y jóvenes que provienen de sectores más vulnerables y populares, frente a la violencia que genera la imposibilidad de desarrollarse como "normales", muchas veces la reacción es violenta.

Muchas veces esta violencia simbólica que se ejerce sobre nuestras clases más lúcidas y creativas por parte de la misma sociedad, genera la violencia física como forma de intercambio, que se impone frente a la decadencia de la palabra...